¿Cómo
fue que Adolf Hitler —descrito en 1930 por el eminente editor de una
revista como un “malandrín medio loco”, un “zoquete patético”, un “tonto
salido de la nada” y un “bocón”— conquistó el poder en la tierra de
Goethe y Beethoven? ¿Qué fue lo que convenció a millones de alemanes
para que aceptaran a ese hombre y su doctrina de odio? ¿Cómo fue que
este “muy improbable aspirante a un cargo público” logró hacerse con el
poder absoluto en un país democrático, y llevarlo por el camino del
horror más monstruoso?
El
más reciente biógrafo de este dictador, el historiador Volker Ullrich,
se enfoca en Hitler como un político que ascendió al poder a través de
la demagogia, la teatralidad y un exacerbado nacionalismo dirigido a las
masas. En Hitler: Ascent, 1889-1939, Ullrich se propone desmontar la mitología que Hitler creó sobre sí mismo en Mein Kampf,
e intenta estudiar a esta “funesta figura misteriosa” no como un
monstruo o un simple loco, sino como un ser humano con “innegables
talentos y profundos y evidentes complejos psicológicos”.
En
este primer volumen de una serie de dos —termina en 1939, con el
cumpleaños número 50 del dictador—, hay poco que sea sustancialmente
nuevo. Sin embargo, Ullrich ofrece una fascinante parábola al estilo de
Shakespeare sobre cómo la confluencia de las circunstancias, el azar, un
individuo implacable y la ceguera intencional de los otros puede
transformar a una nación y, en el caso de Hitler, provocar una pesadilla
inimaginable para el mundo.
Ullrich,
como otros biógrafos, brinda una mirada vívida a algunos factores que
ayudaron a convertir a un “agitador de Múnich” (considerado por muchos
como un “payaso” obsesionado consigo mismo, con un extraño “estilo
impulsivo y errático”) en “el amo y señor del Reich alemán”.
A
menudo se describía a Hitler como un ególatra que “solo se amaba a sí
mismo”, un narcisista al que le gustaba la dramatización y tenía lo que
Ullrich llama “una fascinación distintiva por los superlativos”. Sus
discursos maníacos y su enorme inclinación por arriesgarse a decisiones
de todo o nada hacían que se cuestionara su capacidad de autocontrol, e
incluso su cordura. Ullrich subraya la perspicacia de Hitler como
político y lo califica como un líder con un “ojo agudo para identificar
las fortalezas y debilidades de los otros” y una gran capacidad para
“analizar y explotar de inmediato distintas situaciones”.
Entre
sus colegas Hitler era conocido por su “falsedad sin medida”, que más
tarde se magnificó mediante una hábil maquinaria propagandística que
recurría a la tecnología más avanzada (radio, discos y películas) para
divulgar su mensaje. Un antiguo ministro de Finanzas escribió que Hitler
“era tan profundamente falso que ya no podía reconocer la diferencia
entre la verdad y las mentiras”, y los editores de una edición de Mein Kampf describían el libro como “un pantano de mentiras, distorsiones, indirectas, medias verdades y hechos reales”.
Hitler
era un orador y actor eficaz, le recuerda Ullrich a sus lectores,
adepto a usar distintas máscaras y alimentar la energía de sus
audiencias. A pesar de que ocultó su antisemitismo bajo un “disfraz de
moderación” para ganar el apoyo de las clases medias liberales, se
especializó en eventos masivos y teatrales, montados con elementos
espectaculares tomados del circo.
En
opinión de Ullrich, el ascenso del dictador nazi no era inevitable. Se
benefició de una “constelación de crisis que supo explotar astutamente y
sin escrúpulos”; además de las desgracias económicas y el desempleo,
había una “erosión del centro político” y un creciente resentimiento
hacia las élites.
La
poca voluntad de negociación por parte de los partidos políticos
alemanes había contribuido a crear una percepción de disfuncionalidad
del gobierno, sugiere Ullrich, y fomentó la creencia de que el país
necesitaba “un hombre de hierro” que pudiera poner orden. “¿Por qué no
darles una oportunidad a los nacionalsocialistas?”, dijo un importante
banquero al referirse a los nazis. “A mí me parece que tienen muchas
agallas”.

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